Nadie pudo imaginar nunca el daño que hizo aquél programa radiofónico.
Desde su emisión, la Inspectora Miranda ya no fue la misma.
Sus ojos estaban perdidos en el vacío, su conversación era monosilábica, y su casa comenzó a llenarse de pelusas, cosa rara en ella, tan fanática del mocho y la lejía.
De buenas a primeras se inscribió en una academia de corte y confección, se apuntó a un curso de manualidades, a unas charlas sobre trajes regionales y a un monográfico sobre la industria textil.
Comenzó a visitar con frecuencia la biblioteca e incluso insistió a Piluca para que se documentase en internet sobre ciertos temas de su interés.
Un buen día pareció llegarle la razón. Hizo una limpieza extra en su casa, dejó de asistir a esas clases tan raras e invitó al novio a celebrar su onomástica.
Eso si, le indicó, te voy a dar una gran sorpresa, así que procura "dar la talla".
El hombre, ante tan clara amenaza, fue a proveerse a una farmacia cercana.
No se sabe cantidad ni marca, pero consta que hizo un facturón.
Con la "alegría" ya metida en el cuerpo se fue a celebrar los fastos que le habían prometido por su santo.
Y comenzó la acción.
En mitad de la faena, a la Inspectora Miranda se le ocurrió que era hora de estrenar su obra maestra, esa obra que le había quitado el sueño tantas noches desde que le diesen la idea en su dial favorito, y que consistía en una réplica de traje de fallera al que no le faltaba un detalle: corpiño y falda acompañada de velo, enaguas, aderezo, peineta y moños laterales en forma de caracol.
Todo preparado para un tamaño de unos 14 cms., y con papel de celofán para su fijación.
Cierra los ojos, cariño, insistió.
Al abrirlos y descubrir el traje regional en su "ninot" dicen que en esa casa hubo mascletá, fuegos artificiales, petardazos y traca final.
El traje de fallera no se pudo volver a usar...