Piluca nació en los años 60, en un pueblo de la España profunda y en el seno de una familia tradicional.
Pero ella vino con un "defecto de fábrica": era una niña moderna.
Desde su más tierna infancia hizo notar su peculiaridad. Liaba a las vecinas para que la llevasen de paseo, con ánimo de absorber las influencias modernas que pudiese captar, y se escapó del colegio a los 2 añitos porque no se es nadie sin una educación esmerada, pensaba.
El summum de sus innovaciones llegó el día en el que hizo la Comunión.
Reunió a la familia en pleno y les comunicó que había diseñado su traje para tan señalada fecha.
De nada sirvió que sus abuelas llorasen y ofrecieran varias misas por la intención. La niña se negó en rotundo a ir de monja o de princesa, papeles que no iban nada acordes con su personalidad.
El traje consistía en un modelito evasé, de corte imperio y minifaldero, blanco, salpicado de florecillas, con una estolita de angorina y coronado con una diadema en el pelo.
Todo hecho a mano, a medida y sin salirse un punto de sus directrices.
A sus pies, plataformas blancas, a juego.
Cual saga familiar al uso, contrataron un minibus e hicieron un viaje a la capital, para proveerse de la tela, plataformas, florecillas y demás inventos de la niña.
Y llegó el gran día.
¡Pobre madre de Piluca !. Nadie sabe las críticas que esa buena mujer tuvo que soportar.
Sólo parecieron entenderla las monjas, que en un acto de caridad cristiana, de otra forma no podía ser, la acompañaron en el sentimiento comentando lo "graciosa que iba la chiquilla".
Un documento gráfico avaló el triunfo, pues años más tarde hubo quién quiso quedarse con la gloria de aquel día.
Aún hoy, el famoso traje da que hablar: Piluca quiere convencer a su madre de que el único sitio digno para el vestido es una urna, con focos que lo iluminen estratégicamente.
Pilar calla y asiente, sabiendo que o hay quién haga desviarse un milímetro a su hija del objetivo que se marque.
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