sábado, 31 de mayo de 2008

Kikirikiiiiii

Se cuenta en los mentideros de la Villa que cierto presentador televisivo, especializado en gastronomía y tauromaquia, tenía por costumbre almorzar con la familia un pollo asado todos los domingos.

Salía muy de mañana a encargar el sustento, daba la vuelta al ruedo tabernístico a lomos de su sufrida Vespino, por hacer tiempo, decía, y regresaba a recogerlo minutos antes del cierre del local.

No se sabe si por emularlo o por puro aburrimiento, el bicho también solía absorber todo el líquido que lo regaba con lo cual llegaba totalmente seco en contraposición con su porteador, que llevaba encima lo que al animal le faltaba.

La estampa familiar en ese día decían que era un poema: esposa resignada pero con unos labios en los que se intuía sobredosis de bótox, niños refunfuñando y suegra con una sonrisita en la que claramente se leía : "mira que te lo dije ..."
Y en el centro de todo, y como única víctima, el pobre pollo en pleno rigor mortis.

Como sabiamente apunta el refranero, las costumbres se hacen leyes, y acaban por ser aceptadas por todos, así que pasado un tiempo ya resultaba normal en esa casa comer pollo helado.

Un verano especialmente caluroso, el famoso presentador se decidió por sacar de la cochera su vehículo, que aunque era un modelo ya antiguo, estaba provisto de aire acondicionado y podía liberarlo un poco del sudor que emanaba su generosa humanidad después de regarla con unos caldos de la tierra.

El día de autos su periplo fue casi el habitual: encargo de pollo, censo de bares y tabernas y parada extra final en una asociación instructivo musical dónde debía recoger cierta documentación y a la que llegó con la fiambrera en mano.

Nunca supo ni pudo imaginar que cuatro ojos acechaban sus movimientos escondidos tras la persiana de un inmueble próximo.

Cuatro ojos que vigilaban sus movimientos y que observaban su tambaleo al salir de la sociedad y dirigirse al vehículo estacionado.

Testigos mudos, pero no ciegos, que vieron cómo posaban esas manos temblorosas el tupper encima del techo del coche, olvidando el contenido.

Ojos que iban midiendo las maniobras y los daños ocasionados al resto de vehículos aparcados.

Ojos que se agrandaban con la escena.

Ojos que cuando arrancó el coche vieron volar al ave, resucitado.

domingo, 18 de mayo de 2008

Va por ustedes

Dicen que el tiempo pone a cada cosa en su sitio, y debe ser cierto pues algo así sucedió.

Manolo y Benita, por enjaretar un poco el tema, decidieron contratar a un escayolista. Esta vez se cercioraron de que fuese un buen profesional, con anuncio en páginas amarillas y publicidad en la furgoneta incluídos.
Así fue como conocieron a Romualdo.

El día pactado,llegó puntual a la cita, es decir una hora tarde y sin desayunar.
Dejó los bártulos en el piso y buscó un bar para hacer frente a tan acuciante necesidad.
Para desgracia de Manolo, Romualdo se fijó en un cartel de toros y tuvo la feliz idea de comprar unas entradas para "obsequiar a la parienta" que nunca había ido pero tenía muchas ganas de estrenar allí una mantilla blanca que heredó de su abuela.
Ilusionado, le comentó a Manolo el tema, y pronto bajó a la triste realidad: la Maestranza no era precisamente llegar y pegar.
Había que esperar en cola, era verano, hacía 50º a la sombra y abrían la taquilla a las 5 de la tarde.
Mejor se compran en internet, le aseguró Manolo, sin pensar que eso le podía perjudicar.

Romualdo ya no tuvo otra cosa en mente en todo el día: ¿han salido ya a la venta?, ¿compro sombra o sol?, ¿cuánto cuestan?...

A las 3 de la tarde, para no variar, se fue sin terminar.

Recogió las herramientas, las entradas a los toros que al final recogió Manolo, y un saco en el que metió los restos de su hazaña.

Cuando se fue, Manolo le preguntó a Benita por un saco de cemento que quería tirar. Lo buscaron por toda la casa y no hubo forma de encontrarlo.

A partir de aquí todo se sucedió con la velocidad de un rayo.

Benita le recordó que el escayolista se había llevado un saco del mismo color, Manolo cayó en la cuenta que le había comentado que, casualmente, era del mismo pueblo que el enterrador...

... Verano, Sevilla, 50º en una furgoneta sin aire acondicionado, un paquetito abierto y desechado en el fondo de un saco...

El destino la puso en su sitio.

Por fin la mierda descansa en paz entre los suyos.

sábado, 3 de mayo de 2008

Al agua patos

Después de que el ladronzuelo de las galletas confesase su delito, Paca les levantó el castigo a sus tres hijos.
Como premio, les dijo, papá os va a llevar a ver el tren y os va a comprar unos cucuruchos.

Los vistió de domingo: niñas con vestidito, medias y rebequitas, todo a juego.
Niño con pantalón de cheviot, camisa de vestir y abriguito.

Pero algo debió cruzarse en esa mente infantil mientras se rascaba las piernas por un picor insoportable que le producía el pantalón de cheviot.
A pocos metros de su casa, cucurucho en mano, el infante vio la oportunidad y quiso hacer una gracia "pisando un charco".

El charco, con fondo de verdín y casi con patos, era escurridizo al máximo, así que antes de posar las botas, el angelito cayó en medio, empapándose por completo y llorando como un berraco.

Ea, a casa a cambiarlo, comentaron los padres, mientras cierto brillito de triunfo lucía en los ojos infantiles.

Nuevo modelito: pantalón Príncipe de Gales, jersey de cuello alto y chubasquero.
Nuevo cucurucho y nueva llegada al punto del charco.
Picor irresistible en esas piernecitas y nueva sonrisa diabólica en los labios.

Niñas que se miran atónitas, padres que no dan crédito a sus ojos, y niño empapado por completo, sin cucurucho y en el mismo charco.

Vuelta al hogar.

Vaqueros, camiseta y cazadora. Traje de lunes y tercer cucurucho en mano.
Ten cuidado al pasar, advierten ya molestos los padres, que el tren está a punto de salir y no lo vamos a ver.

Silencio sepulcral en esas niñas. Caras rojas de ira en esos padres. Charco ya vacío.
Y por tercera vez niño empapado.

Un tren que partía en la lejanía sin esperarlos.
Y una voz que salió de un bar cercano : ¡¡ a acostarlo !!.