Después de que el ladronzuelo de las galletas confesase su delito, Paca les levantó el castigo a sus tres hijos.
Como premio, les dijo, papá os va a llevar a ver el tren y os va a comprar unos cucuruchos.
Los vistió de domingo: niñas con vestidito, medias y rebequitas, todo a juego.
Niño con pantalón de cheviot, camisa de vestir y abriguito.
Pero algo debió cruzarse en esa mente infantil mientras se rascaba las piernas por un picor insoportable que le producía el pantalón de cheviot.
A pocos metros de su casa, cucurucho en mano, el infante vio la oportunidad y quiso hacer una gracia "pisando un charco".
El charco, con fondo de verdín y casi con patos, era escurridizo al máximo, así que antes de posar las botas, el angelito cayó en medio, empapándose por completo y llorando como un berraco.
Ea, a casa a cambiarlo, comentaron los padres, mientras cierto brillito de triunfo lucía en los ojos infantiles.
Nuevo modelito: pantalón Príncipe de Gales, jersey de cuello alto y chubasquero.
Nuevo cucurucho y nueva llegada al punto del charco.
Picor irresistible en esas piernecitas y nueva sonrisa diabólica en los labios.
Niñas que se miran atónitas, padres que no dan crédito a sus ojos, y niño empapado por completo, sin cucurucho y en el mismo charco.
Vuelta al hogar.
Vaqueros, camiseta y cazadora. Traje de lunes y tercer cucurucho en mano.
Ten cuidado al pasar, advierten ya molestos los padres, que el tren está a punto de salir y no lo vamos a ver.
Silencio sepulcral en esas niñas. Caras rojas de ira en esos padres. Charco ya vacío.
Y por tercera vez niño empapado.
Un tren que partía en la lejanía sin esperarlos.
Y una voz que salió de un bar cercano : ¡¡ a acostarlo !!.
No hay comentarios:
Publicar un comentario