Se cuenta en los mentideros de la Villa que cierto presentador televisivo, especializado en gastronomía y tauromaquia, tenía por costumbre almorzar con la familia un pollo asado todos los domingos.
Salía muy de mañana a encargar el sustento, daba la vuelta al ruedo tabernístico a lomos de su sufrida Vespino, por hacer tiempo, decía, y regresaba a recogerlo minutos antes del cierre del local.
No se sabe si por emularlo o por puro aburrimiento, el bicho también solía absorber todo el líquido que lo regaba con lo cual llegaba totalmente seco en contraposición con su porteador, que llevaba encima lo que al animal le faltaba.
La estampa familiar en ese día decían que era un poema: esposa resignada pero con unos labios en los que se intuía sobredosis de bótox, niños refunfuñando y suegra con una sonrisita en la que claramente se leía : "mira que te lo dije ..."
Y en el centro de todo, y como única víctima, el pobre pollo en pleno rigor mortis.
Como sabiamente apunta el refranero, las costumbres se hacen leyes, y acaban por ser aceptadas por todos, así que pasado un tiempo ya resultaba normal en esa casa comer pollo helado.
Un verano especialmente caluroso, el famoso presentador se decidió por sacar de la cochera su vehículo, que aunque era un modelo ya antiguo, estaba provisto de aire acondicionado y podía liberarlo un poco del sudor que emanaba su generosa humanidad después de regarla con unos caldos de la tierra.
El día de autos su periplo fue casi el habitual: encargo de pollo, censo de bares y tabernas y parada extra final en una asociación instructivo musical dónde debía recoger cierta documentación y a la que llegó con la fiambrera en mano.
Nunca supo ni pudo imaginar que cuatro ojos acechaban sus movimientos escondidos tras la persiana de un inmueble próximo.
Cuatro ojos que vigilaban sus movimientos y que observaban su tambaleo al salir de la sociedad y dirigirse al vehículo estacionado.
Testigos mudos, pero no ciegos, que vieron cómo posaban esas manos temblorosas el tupper encima del techo del coche, olvidando el contenido.
Ojos que iban midiendo las maniobras y los daños ocasionados al resto de vehículos aparcados.
Ojos que se agrandaban con la escena.
Ojos que cuando arrancó el coche vieron volar al ave, resucitado.
1 comentario:
EL DIA QUE YO PALME, QUE ME RIEGUEN CON CALDO, QUE ME LLEVEN DE PENITENCIA POR TODAS LAS TASCAS Y BODEGAS DE SEVILLA Y QUE LOS ASISTENTES VUELVAN A CASA DANDO CAMBAYÁS. Y LOS QUE SOLO MIREN DESDE LA VENTANA, QUE SE SEQUEN COMO EL POLLO.
EA!
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