Dicen que el tiempo pone a cada cosa en su sitio, y debe ser cierto pues algo así sucedió.
Manolo y Benita, por enjaretar un poco el tema, decidieron contratar a un escayolista. Esta vez se cercioraron de que fuese un buen profesional, con anuncio en páginas amarillas y publicidad en la furgoneta incluídos.
Así fue como conocieron a Romualdo.
El día pactado,llegó puntual a la cita, es decir una hora tarde y sin desayunar.
Dejó los bártulos en el piso y buscó un bar para hacer frente a tan acuciante necesidad.
Para desgracia de Manolo, Romualdo se fijó en un cartel de toros y tuvo la feliz idea de comprar unas entradas para "obsequiar a la parienta" que nunca había ido pero tenía muchas ganas de estrenar allí una mantilla blanca que heredó de su abuela.
Ilusionado, le comentó a Manolo el tema, y pronto bajó a la triste realidad: la Maestranza no era precisamente llegar y pegar.
Había que esperar en cola, era verano, hacía 50º a la sombra y abrían la taquilla a las 5 de la tarde.
Mejor se compran en internet, le aseguró Manolo, sin pensar que eso le podía perjudicar.
Romualdo ya no tuvo otra cosa en mente en todo el día: ¿han salido ya a la venta?, ¿compro sombra o sol?, ¿cuánto cuestan?...
A las 3 de la tarde, para no variar, se fue sin terminar.
Recogió las herramientas, las entradas a los toros que al final recogió Manolo, y un saco en el que metió los restos de su hazaña.
Cuando se fue, Manolo le preguntó a Benita por un saco de cemento que quería tirar. Lo buscaron por toda la casa y no hubo forma de encontrarlo.
A partir de aquí todo se sucedió con la velocidad de un rayo.
Benita le recordó que el escayolista se había llevado un saco del mismo color, Manolo cayó en la cuenta que le había comentado que, casualmente, era del mismo pueblo que el enterrador...
... Verano, Sevilla, 50º en una furgoneta sin aire acondicionado, un paquetito abierto y desechado en el fondo de un saco...
El destino la puso en su sitio.
Por fin la mierda descansa en paz entre los suyos.
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